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Comisiones Pastorales

Artesanos de la Paz: Una tarea cotidiana para Córdoba y la Región Caribe

18 de mayo de 2026 Miguel Ángel

Después de participar en el foro regional realizado en la ciudad de Cartagena, donde los obispos de la provincia de Cartagena, directores de pastoral social, miembros de la sociedad civil y miembros de la academia, queda una certeza profunda: la paz no puede seguir siendo solamente un discurso, una fecha conmemorativa o una semana temática dentro del calendario pastoral. La paz necesita convertirse en una forma de vivir, de educar, de relacionarnos y de construir comunidad en cada rincón de nuestro territorio.

La región Caribe, y de manera particular el departamento de Córdoba, continúa enfrentando realidades complejas marcadas por la violencia, el miedo, la presencia de actores ilegales, la desigualdad social y las heridas que durante años han fragmentado el tejido humano y comunitario. Muchas familias viven entre la incertidumbre y el dolor; muchos jóvenes crecen en contextos donde la violencia parece normalizarse; y no pocas comunidades rurales siguen esperando caminos reales de reconciliación y desarrollo integral.

Ante esta realidad, la Iglesia no puede permanecer indiferente. Desde la Diócesis de Montería, y especialmente desde la pastoral de cada parroquia, estamos llamados a asumir un compromiso serio, constante y concreto con la construcción de la paz.

La paz comienza en lo cotidiano

Frecuentemente pensamos la paz como un acuerdo político o una estrategia gubernamental. Sin embargo, la verdadera paz nace primero en el corazón humano y se fortalece en las pequeñas acciones de cada día. Una palabra reconciliadora, una escucha sincera, el respeto por la dignidad del otro, la capacidad de perdonar y la decisión de rechazar toda forma de violencia son semillas silenciosas que transforman los territorios.

Por ello, no basta con celebrar una "Semana por la Paz". Necesitamos construir una auténtica cultura de reconciliación que atraviese la vida parroquial, familiar y social durante todo el año. La paz debe enseñarse en la catequesis, promoverse en los grupos juveniles, inspirar las homilías, orientar la pastoral familiar y hacerse visible en las acciones solidarias de nuestras comunidades.

Cada parroquia puede convertirse en una escuela de paz

Las parroquias poseen una enorme fuerza transformadora porque están presentes en medio de la vida concreta de las personas. Allí donde existe una comunidad creyente organizada, también puede surgir un espacio para sanar heridas y reconstruir vínculos.

Es necesario implementar acciones concretas que permitan formar para la reconciliación, el perdón y la convivencia pacífica. Algunas iniciativas pueden ser:

  • Escuelas de formación para la paz y la resolución pacífica de conflictos.
  • Espacios de escucha y acompañamiento para víctimas de violencia.
  • Encuentros familiares orientados al diálogo y la reconciliación.
  • Jornadas comunitarias de oración por la paz regional.
  • Procesos juveniles que promuevan liderazgo social y cultura ciudadana.
  • Acciones solidarias y comunitarias que fortalezcan la fraternidad.
  • Formación desde la Doctrina Social de la Iglesia sobre dignidad humana, justicia y bien común.

La paz no se construye únicamente desde grandes escenarios nacionales; también se construye cuando una familia aprende a dialogar, cuando un vecino deja atrás el odio, cuando un joven encuentra oportunidades distintas a la violencia o cuando una comunidad decide trabajar unida por el bien común.

Artesanos de la paz

El Papa Francisco, de feliz memoria, ha insistido en que todos estamos llamados a ser "artesanos de paz". Un artesano trabaja con paciencia, dedicación y constancia. Así también ocurre con la reconciliación: requiere tiempo, compromiso y pequeñas acciones repetidas diariamente.

Hoy más que nunca, Córdoba necesita hombres y mujeres capaces de sembrar esperanza en medio de contextos difíciles. Necesitamos comunidades que eduquen para el respeto, la solidaridad y el cuidado mutuo. Necesitamos hogares donde los niños aprendan que la violencia nunca será el camino correcto. Necesitamos una Iglesia cercana al sufrimiento de la gente y comprometida con la transformación social de los territorios.

La paz regional no llegará solamente por decisiones externas; también dependerá de nuestra capacidad de construir humanidad en lo sencillo de cada día. Allí, en la cotidianidad de nuestras familias, barrios, escuelas y parroquias, comienza verdaderamente el camino hacia una sociedad reconciliada.

Que nuestras comunidades parroquiales en la Diócesis de Montería asuman este desafío con valentía y esperanza, entendiendo que cada gesto de amor, perdón y fraternidad es una contribución real a la construcción de la paz que tanto anhelamos para nuestra región Caribe y para toda Colombia.